Socorro (abril 2010) 
Tras un paseo en bici por la Casa de Campo, la familia Pérez vuelve a casa.
Roberto: ¡Uff!, qué agujetas tengo... Se nota que no he hecho ejercicio durante todo el invierno.
Marta: Sí, yo también noto el cansancio, pero me ha venido de perlas este paseo en bici. Lo teníamos que volver a repetir cada sábado por la mañana. Así, nos pondríamos en forma.
Pepín: Por mí, todos los días. Además, el nuevo carril de bici mola mazo. ¿Has visto, papá, cómo puedo llevar la bici sin manos y a la vez hacer derrapes? Guay, ¿eh?
Roberto: Sí, sí.... increíble, pero a lo mejor la próxima vez te veo pedaleando sin dientes.
Tras guardar las bicis en el garaje, Roberto, Marta y Pepín suben las escaleras que les llevan a su casa. Al entrar en el portal escuchan ladridos y aullidos de perro, y gritos pidiendo: “¡Socorro...!”.
Roberto: ¿Estáis oyendo lo que yo...? ¿De dónde salen esos gritos?
Marta: Creo que vienen del primero, donde vive el señor Pedro, el abuelillo. Vamos a llamar al timbre, no sea que le esté atacando un ladrón o un perro y necesite ayuda.
Roberto, Marta y Pepín llaman al timbre y golpean la puerta, pero nadie abre. Los ladridos y las voces de socorro continúan.
Roberto: Pepín, te vas a cargar la puerta dando esas patadas. Lo mejor será llamar a la policía.
Marta: Sí, Roberto, llama desde el móvil, y diles que posiblemente hay un hombre mayor gravemente herido, y que manden también una ambulancia. Lo que no entiendo es que este hombre no oiga los golpes tan fuertes que estamos dando en la puerta, ¿estará sordo?
Pepín: Desde luego, si no oye el timbre y las patadas, es que está más sordo que una tapia.
Roberto: He hablado con la policía, y me han dicho que una patrulla está en camino, y que mantengamos la calma. Uff, no sé cómo vamos a mantener la calma si detrás de la puerta se está cometiendo un descuartizamiento.
Pepín vuelve a dar una patada tan fuerte a la puerta, que el pestillo se rompe.
Roberto: ¡Dios!, pero, Pepín, ¿de dónde sacas esa fuerza? ¡Vaya destrozo! Bueno, por lo menos, ahora podemos entrar. ¡Señor Pedro!
Pepín: ¡Uff!, para algo me ha servido mi cinturón negro de kárate. Papáá... yo entro contigo.
Marta: Tú, Pepín, te vas al portal a ver si llega la policía y la traes hasta aquí. Roberto, ten cuidado. Toma este candelabro... por si las moscas. ¡El perro y su dueño deben de estar rabiosos!
Roberto abre sigilosamente, con el candelabro en la mano, la puerta de donde salen los gritos. Lo que ve lo deja estupefacto...
Marta: (Desde la puerta) Roberto, ¿qué ocurre? Es horrible, ¿no?, por eso no puedes ni hablar... Hemos llegado demasiado tarde... Pobrecillo, tan buena persona... ¿Puedes hacer algo para tranquilizar al perro ese...?
Pepín: Mamá, mamá, mira a quién he encontrado... al señor Pedro.
Marta: Pero... entonces... usted vive... ¡ay, qué alegría! ¿Es usted, señor Pedro?, ¿de verdad?
Abuelo: Hija, claro que estoy vivo y coleando; vengo de tomarme unos chatos con los amigos de la plaza. ¿Por qué lo dices?, ¿ha pasado algo?
Roberto: Marta, no te lo vas a creer... Pero, señor Pedro... qué susto nos ha dado. Marta, el causante de todo este estrépito es un loro verde y desvergonzado, que tiene una voz de tenor impresionante. ¿De dónde ha sacado usted semejante especie aviar?
Abuelo: ¡Ay!, “el Manolo” la ha montado otra vez, ¿verdad? Lo siento, mi nieto me lo trajo para que me hiciera compañía y de guardaespaldas, pero desde que está aquí sólo me ha traído quebraderos de cabeza. Lo quiero regalar. Ya es la segunda vez que viene la policía.
Marta: Y con ésta, la tercera, señor Pedro... ya oigo las sirenas... ¡Uff!
Pepín: Si usted no lo quiere, me lo regala a mí, yo le cambio los modales enseguida, ya verá.
Roberto: De eso, nada; lo que me faltaba a mí, un loro en casa...
Abuelo: Es una buenísima idea, Pepín... Vecino, no se preocupe, que el chico lo educará bien. Eso sí, no se admiten devoluciones.












