Sultán de visita 
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Familie Pérez hat es in unserem Dauerbrenner gleich mit zwei tierischen Zeitgenossen zu tun, die ihre Spuren hinterlassen.
por Covadonga Jiménez
La madre de Roberto se ha marchado de vacaciones al Caribe, y ha dejado a Sultán en casa de su hijo.
Marta: A ver, Roberto, ¿quieres dejar de rascarte como si tuvieras pulgas? Me estás poniendo de los nervios.
Roberto: Pero si es que desde que está Sultán en esta casa me pica todo. Me da en la nariz que este perro no sólo tiene malas pulgas, sino que además habitan en él.
Marta: Mira que eres quisquilloso y exagerado. Estoy segura de que Sultán no ha tenido una pulga en su vida. Con lo que es tu madre, que se pasa el día pasándole el cepillo y echándole todos los nuevos potingues para perros que anuncian en la tele.
Pepín: ¡Buenos días! Aquí estamos Sultán y yo con un hambre canina. (Guau, guauuuu.) ¿Qué hay para desayunar, mamá?
Marta: No sé a qué viene esa pregunta, Pepín. Lo de siempre: cacao, tostadas, muesli, fruta..., yo qué sé. ¿O es que quieres comer el pienso que ha dejado tu abuela para el perro?
Roberto: O también puedes desayunarte al loro...
Pepín: Ja, ja..., qué cosas tienes, papá. Menos mal que Manolo está en el salón y no te puede oír, porque, si no, te habría puesto verde. A ver, Sultancito…, cómo huele tu comida... (Guau, guau...) ¡Uy!... no, no, ¡esto atufa!; prefiero una tostada... Sultán, saluda a papá...
Sultán se acerca a Roberto moviendo la cola y le da un lametón. Roberto se levanta y se limpia con un paño de cocina, que también pone entre Sultán y él para que el perro no se le acerque.
Roberto: No, no... qué manía tiene este perro de dar lametones. ¡Hala!, ¡hala!, vete con Pepín... o con Martita, o a tomar viento... Bueno, yo me voy al trabajo, y vendré un poco tarde; tengo una cena con un cliente. Adiós. (Roberto sigue rascándose por todas partes.)
Pepín: Oye, mamá, ¿qué le pasa a papá, que no ha parado de rascarse?
Marta: Bah, nada, ya sabes cómo es tu padre de aprensivo; y ahora le ha dado por decir que seguramente Sultán le ha pasado un par de pulgas.
Pepín: Sultán no tiene pulgas. Ven aquí, perrito lindo. A ver, déjame examinarte... Uy, yo ya me tengo que ir al cole... Mamá, ¿qué vas a hacer hoy con Sultán?
Marta: Lo bajaré a la calle para que haga lo que tenga que hacer, y después me voy a trabajar; así que tendrá que quedarse con Manolo. Espero que no armen ninguna escandalera los dos juntos.
Ya por la tarde, Pepín y Marta coinciden en el portal de la casa.
Marta: ¿Qué tal en el colegio, hijo?
Pepín: Bien, estaba deseando salir para ver a Sultán y a Manolo. ¿Tú crees que se habrán portado bien?
Marta: Ahora lo averiguaremos; por lo menos, no se les oye. (Marta abre la puerta, y Pepín se va corriendo al salón.)
Pepín: Mamá, mamá, ven, corre. Mira, la jaula de Manolo está abierta, y hay plumas en el suelo. Sultán, ¿qué has hecho con Manolo...?
Marta: ¡Oh, Dios mío!, ¡se lo ha comido! Abre la boca, abre... Pues no hay rastro de plumas, ni de nada. Busca, Pepín, a lo mejor sólo ha querido jugar con él, y está por ahí revoloteando...
Pepín: Mi loro... ¡Pobre!, con lo gracioso que era... Sultán, ¡¿desde cuándo comes pájaros?!
En ese momento entra Roberto al salón con Manolo en la cabeza.
Marta: ¡Roberto!
Pepín: ¡Manolo!
Marta: ¿Qué haces tú aquí, y con el loro en la cabeza…? Creíamos que había estirado la pata.
Roberto: Al final se canceló la comida de trabajo, y me vine a casa. Me encontré con Sultán aullando y a Manolo imitándolo; parecía una jauría de lobos. Así que, para que se calmara Sultán, saqué a Manolo de la jaula y me lo llevé al cuarto de Pepín. Y aquí está vivito y coleando; y con ganas de fastidiar a Sultán. (Manolo: GUAU; GUAU... Sultán: GRRRRR)
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