Córdoba: Las huellas de la dinastía Omeya 
Eine Stadt, für die man sich Zeit nehmen sollte, damit man in Ruhe ihre Geschichte kennenlernen kann. Antike Häuser und uralte Palmen verleihen der Stadt ein romantisches und zugleich mystisches Flair.
Por Elsa Mogollón
Para conocer Córdoba hay que viajar sin prisas, caminar despacio, apreciar el juego de luces y sombras que vislumbramos a través de una ventana abierta. Pasear la mirada por los tejados ocres de antiguos caserones, entre los que se levantan palmeras centenarias, y detenerse en el minarete vuelto campanario. Porque la prisa nos alejaría de la esencia de Córdoba, toda sosiego, mística y romántica.
Córdoba es ahora un destino de paso entre Sevilla y Granada. Los turistas llegan en manada, entran en fila india a la Mezquita, caminan media hora por su laberinto de columnas y arcos, y salen, encandilados por la intensa luz que baña siempre la ciudad, al Patio de los Naranjos. Después recorren de prisa la Judería, y terminan en el Alcázar de los Reyes Católicos admirando los mosaicos de la ciudad romana. Cuando el tour lo permite, entran a una acogedora taberna y disfrutan de un salmorejo o unas berenjenas califales al Pedro Ximénez; para luego volver al bus que los llevará a otra ciudad en Andalucía, quedando con un vago recuerdo de Córdoba en medio del intenso calor del verano español.
Con más tiempo, por lo menos unos tres días, Córdoba nos revelará toda su belleza y también nos mostrará las heridas de siglos de devastación. Podremos percibir el aroma de azahar de los cientos de naranjos que sombrean sus calles; admirar el Puente Romano o el molino de la Albolafia, cuya noria es símbolo de la ciudad.
Media hora sólo para la Mezquita sería una lástima, porque no alcanzaríamos a diferenciar -en medio del bosque de columnas-, que cada una es diferente, que el mármol cambia de tonalidades conforme nos movemos a su alrededor. Media hora no nos hará entender esa extraña simbiosis que es la Mezquita-Catedral, una catedral construida en 1526, en medio de imponentes arcos, para dar testimonio de la victoria de la Iglesia católica sobre el Islam, al haber recuperado un espacio que había sido basílica visigoda (San Vicente), antes de que llegaran los árabes y bereberes que conquistaron la ciudad en 711. Si tenemos tiempo, entenderemos cómo la construcción de la catedral permitió salvar este monumento de la otrora capital de Occidente de la destrucción a la que fueron sometidas las otras mezquitas de Al Andalus.
Media hora para un lugar sagrado, construido por Abd Al Rahman (Abderrahmán), y ampliado por Abd Al Rahman II, Al Hakam II (Alháquem) y Mohamed Ibn Abi Amir entre los siglos VIII y X, creo que es poco, pues pasarían desapercibidos, entre otros, los preciosos detalles de la Puerta del Perdón o el Mihrab.
Pocas ciudades han logrado como Córdoba armonizar las huellas y la herencia de los diversos pueblos y culturas que la habitaron en el curso de los siglos. Un recorrido por sus calles, en las que convivieron tres culturas poderosas: la cristiana, la musulmana y la judía, será la mejor forma de conocer a través del tiempo y de la historia la ciudad que fuera "la capital del Califato".
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