Menorca: Refugio en el Mediterráno 
¿Sabía usted que...?
Die zweitgröße Insel der Balearen bietet ruhige Buchten mit azurblauem Wasser und an beiden Enden zwei sehr schmucke und grundverschiedene Städte, Ciudadela und Mahón. Seit 1993 zählt die ganze Insel zum Biosphären-Reservat der UNESCO.
por Giancarlo Sánchez-Aizcorbe
Ulises retorna a su Ítaca querida después de una odisea de años, y vuelve a ver a su mujer, su hijo, su perro y su vieja casa. De esta manera, su travesía se cierra como un círculo, figura que para los griegos era perfecta. El viajero que va por primera vez a Menorca tiene la sensación de volver a casa después de un largo viaje: el confuso viaje cotidiano por la urbe nerviosa en la que, tal vez, le ha tocado vivir. Menorca tiene algo de la esfera griega perfecta: 50 km de longitud, 20 km de ancho y, a ambos extremos, dos polos que crean equilibrio y son la medida de todas las cosas: en la punta oriental, Mahón (o, en menorquín, Maó) y, en la occidental, Ciudadela (o Ciutadella). Los límites de la isla son los límites del mundo.
Acantilados y calas
Menorca se divide en dos regiones opuestas. El norte, agreste y ventoso. El sur, suave y apacible. Los límites de este mundo insular son, unas veces, pequeñas calas acogedoras de agua turquesa; otras veces acantilados de vértigo. En las primeras experimentamos la relación más armoniosa que se puede tener con el mar: la temperatura de sus aguas calmas y cristalinas nos invita a quedarnos en ellas, y a visitar de vez en cuando la arena, de una blancura casi dolorosa. Las calas son una especie de refugio y apertura sosegada al mar Mediterráneo. Hay calas que el viajero no debe dejar de visitar: cala Pregonda y cala Tortuga. No son tal vez las más populares, ya que se accede a ellas tan sólo a pie, o por mar, pero por eso mismo su belleza ha conservado un carácter original.
Para las naturalezas románticas, amantes de los cuadros de Caspar David Friedrich, la isla ofrece otros límites: los acantilados cortados a pico de la costa norte. Este mundo inhóspito, azotado por fuertes vientos como la tramontana y el xaloc, nos muestra el Mediterráneo como un peligro, y disuade a cualquier navegante de emprender el viaje. Ahí están esos ‘caps’ o cabos feroces, como el Cap de Cavalleria o el Cap Favàritx, coronados por un faro solitario. Ellos despiertan en nosotros la sensación de lo sublime, como lo entendía Kant: el enorme poder de la naturaleza nos hace sentirnos pequeñitos.
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