El español en Filipinas 
Philippinen – der Name des Landes erinnert noch an die Spanier, doch ihre Sprache ist auf den über 7000 Inseln fast verloren gegangen. Ein Blick auf die Geschichte des Spanischen in Südostasien.
por José María Domínguez
El español llegó a las islas Filipinas con los conquistadores y misioneros, entre los que merecen ser destacados respectivamente los vascos Miguel López de Legazpi y fray Andrés de Urdaneta; siguiendo desde México la ruta iniciada por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano (1521), llegaron a las islas de Cebú (1565) y Luzón (1571), y aquí se establecieron en un lugar de chozas incendiadas llamado Manila, que en tagalo designa un árbol típico de la región.
Las primeras casas de madera serían poco a poco remplazadas por edificios más firmes, conforme a los planos enviados de España por Felipe II –en cierto modo “padrino” de las islas, que llevan su nombre–, quien los había encargado al arquitecto de El Escorial Juan de Herrera; por cierto, un sobrino suyo, fray Antonio de Herrera, construyó la iglesia de san Agustín –que se salvó de las destrucciones en la II Guerra Mundial–, donde se halla la tumba de Legazpi. Poco a poco fueron sometiendo las islas más importantes –son 7.100 en total, de las que “sólo” 2.700 tienen nombre–, contra la enconada resistencia de los “moros”, indígenas así llamados por haber adoptado la doctrina islámica, sobre todo en las islas de Mindanao y Joló; a pesar de que recibían ayuda desde Borneo por parte de holandeses y piratas chinos, al morir Legazpi (1572) prácticamente se hallaba sometido el archipiélago, en una conquista relativamente incruenta.
Colonización atípica
La colonización de las Filipinas presenta características muy peculiares; en primer lugar, hay que tener en cuenta que, sobre todo en los comienzos, no se desarrolló directamente desde España, sino a través de México. Además, la dispersión geográfica y la diversidad de etnias –más de cien– hacía casi imposible una cierta homogeneización y condicionó el desarrollo del castellano frente a un centenar de lenguas y dialectos de origen malayo-polinesio; ello explica también que no se diera un mestizaje como en América. Por otra parte, normalmente los misioneros preferían aprender las lenguas indígenas para su labor evangelizadora, en vez de emplear y extender el castellano, para lo que, por otra parte, se carecía de maestros y libros. Desde los comienzos, sobre todo los agustinos y los franciscanos fundaron escuelas parroquiales, en las que la instrucción se daba en los dialectos regionales, muchos de los cuales se transmitían de forma oral; el español –hablado y escrito– se ofrecía a los más aventajados. Poco a poco surgieron colegios-seminarios de segunda enseñanza impartida en castellano; los primeros fueron fundados por los jesuitas, como el de San José en Manila (1599); también se distinguieron los dominicos, que en 1611 fundaron en Manila el colegio de Santo Tomás, posteriormente (1645) convertido en la célebre Universidad todavía existente. Estos centros de formación acogían ante todo a los hijos de los españoles, así como de una minoría indígena que desde muy temprano colaboró activamente en la compleja administración colonial.
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