"En busca de la serpiente emplumada"
Por Katharina Greff
¡Colombia! Llegué a Bogotá con un poco de desasosiego,porque antes de irme todo el mundo me había vuelto loca: "¿Colombia? ¡Qué peligroso!", "¡Te va a secuestrar la guerrilla!", "¡Cuidado que no te metan cocaína en tu maleta!". Pero, tapándome los oídos, me fui a Bogotá para realizar durante cinco meses unas prácticas en la editorial de libros llamada La Serpiente Emplumada. Sólo sabía que la editorial había tomado su nombre de la mitología maya y que había estado dos veces en la Feria del Libro de Fráncfort. También, que la jefa se llamaba Carmen Cecilia Suárez, y que ella escribía cuentos y poemas eróticos.
El primer día en la editorial aprendí dos cosas fundamentales: primero, el tinto que te ofrecen por las mañanas no es vino como lo es en España, sino café negro; y segundo, Carmen, la jefa, nunca viene a trabajar a su oficina. Ella dirige todo desde la cama, porque le gusta trabajar ahí. Lo cual no es ningún inconveniente, porque la oficina de la editorial se encuentra dentro de su casa colonial azul, de más de 400 años de antigüedad, atravesando el patio.
La gente en la editorial, muy pronto me fue muy querida. Cada uno era un personaje. Conocí a muchos escritores (también con boina y pipa) que iban y venían a la editorial. Y conocí muchísimas frutas que nunca había visto en mi vida. Comí mucho plátano (verde, frito, salado, cocido, con miel, en las sopas), chocolate con queso (¡cuestión de habituarse!) y muchas arepas (¡cuestión de engordar!).
Experimenté Bogotá como un centro de mucha cultura. Disfruté de los muchísimos teatros y bibliotecas, y ni hablar de los artistas que veía en cada rincón de las calles. Casi cada colombiana/o que conocí escribía, dibujaba, actuaba o tenía una banda de música.
Además, la gente que conocí, siendo muy conscientes de que nacieron en un país de infinito conflicto, eran muy alegres, graciosos, amables, muy interesados en mi país, y al final muy queridos por mí. En mi bar habitual me sentí muy a gusto, y nunca tenía la sensación de ser diferente a la gente (aparte de que siempre me traicionaron mi maldito cabello rubio y mi feo acento alemán...) ¿La síntesis de cinco meses en Colombia? No me robaron ni un peso, ni me secuestraron, y a la vuelta, ni tenía un gramo de cocaína en mi maleta. Ahora también me acuerdo de lo primero que me dijeron varios colombianos recién llegué: ¡Te vas a amañar porque los rubios siempre se amañan acá!" Y lo que puedo decir es, ¡que tenían toda la razón!