Afortunados

    AVANZADO
    Zwei Hände
    Von Mercedes Abad

    El lenguaje no se escapa de la desigualdad entre ricos y pobres. Mientras algunos conceptos tienen muchas palabras para ser expresados, otros deben conformarse con menos. Por ejemplo: una mesa es una mesa y punto. Si es pequeña, podemos recurrir a los diminutivos y llamarla mesita o mesilla, o velador si tiene un solo pie. Pero ya está, se acabó lo que se daba. Lo mismo sucede con la puerta: la pobrecita no dispone ni de un triste sinónimo, de modo que, de tanto usarla los hablantes de tantos países, desde Latinoamérica a España, la palabra está tan manoseada y raída como un abrigo viejo.

    Otros conceptos, sin embargo, disfrutan de una sobreabundancia de sinónimos. Son lo que yo llamo conceptos multimillonarios, dueños de auténticas fortunas léxicas, entre las que a veces el hablante no sabe cuál elegir. "Ataque", por ejemplo. Cuando a alguien le da un ataque, es decir, un súbito malestar, el español tiene un montón de sinónimos. Encima, son palabras expresivas y sabrosas, como enseguida verán: está la contundente, aunque algo anticuada, "soponcio", de la que dicen que podría ser un cruce entre sopetón (golpe brusco) y arreponcio (accidente); pero también podemos decir que a Amanda le ha dado un telele. ¿Quién inventaría la palabra "telele", de sonoridad tan cómica e infantil? ¿Quién sería el genio lingüístico que la usó por primera vez? Sin embargo, a "soponcio" y a "telele" no les faltan rivales tan hermosas como ellas. ¿Qué me dicen de "patatús", que intenta reproducir el ruido de alguien que cae desmayado? ¿Y qué les parece "arrechucho", con esa sonoridad tan indiscutiblemente española? También existe "síncope", más clásica que las otras pero con toda la belleza de las esdrújulas, que llenan la boca. Por si la lista fuera corta, ahí va otra delicia del lenguaje coloquial: "jamacuco". Cuánta hermosura puede inspirar un simple malestar.

    El lenguaje no se escapa de la desigualdad entre ricos y pobres

    A veces, en eso de los conceptos ricos y pobres hay justicia poética. Por ejemplo, un objeto arrinconado por inútil se venga de su abandono desplegando una fortuna en sinónimos para designarlo: no solo podemos llamarlo "trasto", que es una de las palabras más comunes, junto con "chisme" y "cacharro", sino también "cachivache", una palabra que podría ganar fácilmente un concurso de belleza léxica, en abierta competencia con la voz catalana "andròmina".

    Tras mucho meditarlo y tras explorar la riqueza o pobreza de muchos conceptos, he llegado a la conclusión de que el mal, la maldad (o malevolencia o malicia) y la enfermedad cuentan con muchos más sinónimos que sus opuestos: una persona sana está sencillamente sana, mientras que una enferma, está mala, indispuesta, achacosa o pachucha. Pero, además, la belleza de las palabras es muy superior en el campo del mal: comparen sana con pachucha. Comparen también a un hombre sensato, juicioso y formal, tres adjetivos bastante aburridos, con su cara opuesta: un crápula, un calavera, un perdulario o un sinvergüenza, todos sinónimos de juerguista. La verdad es que no hay color. ¿Es así como inconscientemente, dando los nombres más hermosos a lo más vil, nos escapamos de los códigos morales?

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