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    Amerigo Vespucci: El nombre de América

    AVANZADO
    Ecos 3/2020
    Amerigo Vespucci
    Von Martín Caparrós

    Acababan de chocarse con él y nadie sabía qué era, cómo era, qué habría allí. Ni siquiera sabían que era un continente; menos pensaron que debían ponerle un nombre. Quince años después, en 1507, un cartógrafo alemán, Martin Waldseemüller, lo incluyó por primera vez en un el mapamundiWeltkartemapamundi y, para eso, tuvo que bautizarlo: decidió llamarlo América.

    El nombre homenajeaba a un señor raro. Amerigo Vespucci fue un el buscavidasAbenteurerbuscavidas florentino, buena educación, buenos contactos, que llegó a Sevilla hacia 1490 –a sus 40– para hacer negocios con esclavos y otras la mercaderíaWaremercaderías semejantes. No le fue mal: el lugar y el momento convenían. Casi sin quererlo se mezcló con esos marinos españoles que empezaban a cruzar el mar océano; es probable, incluso, que viajase en uno de sus barcos en 1499; es probable que llegase, en él, hasta esas costas recién reconocidas.

    Es probable. Para hablar de Vespucci o Vespucio esa palabra es decisiva: solo sabemos de él lo que él contó, y muchos –muchos de sus el/la contemporáneo/aZeitgenosse/incontemporáneos– le creyeron poco. Nada, en verdad, quedó probado. Pero sabía decirlo: en 1504 publicó en Augsburgo un librito en latín, Mundus Novus, que anunciar comoankündigen alsanunciaba como una carta a su patrón Lorenzo de Medici. Allí presentaba esas tierras lejanas, encomiarloben, lobpreisenencomiaba la belleza de sus habitantes, situaba cerca el paraíso, y fue un éxito: en pocos meses se tirar(hier) druckentiraron ediciones en París, Venecia, AmberesAntwerpenAmberes, Ámsterdam. Europa, de pronto, había quedado fascinada con ese Nuevo Mundo. Por eso, cuando Waldseemüller dibujó su mapa, se le ocurrió darle su nombre –y, aunque años después se disculparía por su error, el nombre se quedó–. Si estas tierras merecieran el nombre de un hombre, deberían llamarse Colombia, pero no, son América, por el nombre de uno que no lo hizo, sino que lo contó. A veces –muy pocas veces– pasa.

    Amerigo Vespucci murió en el olvido y en Sevilla, en 1512. Seguramente nunca imaginó que, tantos siglos después, lo nombraríamos tanto.

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