Derribos

    AVANZADO
    Zwei Hände
    Von Mercedes Abad

    Confieso que mis monstruos urbanos favoritos son las la excavadoraBaggerexcavadoras. Me horrorizan un poco y al mismo tiempo las encuentro muy bellas, como bestias prehistóricas bailando un vals en un paisaje de destrucción. Ya sé que pensarán que me he vuelto loca, pero lo cierto es que me fascina verlas en plena faena, derribando casas entre nubes de polvo o hurgando en las entrañas de la tierra. Y eso que aún no he llegado a la edad de la jubilación, que es cuando supuestamente los desocupados, además de cuidar de sus queridos nietos, se ponen a contemplar las obras con fruiciónmit Genusscon fruición. en mi descargozu meiner EntlastungEn mi descargo diré que mi padre tenía una empresa de construcciones y derribos, de modo que me pasé toda la infancia viendo casas a medio construir o a medio destruir en lugar de ir al zoológico, como el resto de los niños.

    Pero los el derriboAbrissderribos no son sólo recuerdos de infancia para mí. Tengo la sensación de que toda mi vida ha transcurrido entre derribos. Como muchas ciudades españolas, Barcelona se ha transformado varias veces en muy poco tiempo. Los Juegos Olímpicos del 92 trajeron consigo una serie de tratamientos de belleza urbana y, como habitante del casco antiguo de la ciudad, vi caer calles enteras. No exagero: para hacer la actual Rambla del Raval, tuvieron que derribar muchísimos edificios, y la obra duró años de polvo, ruido y excavadoras en acción. Era la época eufórica de la burbuja inmobiliaria, los pisos se vendían como rosquillas, los inversores tenían Barcelona en el punto de mira, el precio del metro cuadrado no paraba de subir, y creíamos ingenuamente que cada vez seríamos más ricos y más guapos.

    Mis monstruos urbanos favoritos son las excavadoras

    Recuerdo que, cuando estaban en mitad del derribo del último edificio de lo que luego se convertiría en la Rambla del Raval, fui a contemplar el escenario ya medio arrasado. No estaba sola en mi sádica pasión. Fotógrafos de los diarios más importantes de la ciudad acudían a inmortalizar la imagen de aquel edificio en avanzada fase de destrucción, con todo el interior a la vista, como una anciana decrépito/agebrechlichdecrépita que nos dejara escudriñaruntersuchen; unter die Lupe nehmenescudriñar su raída ropa interior. Restos de papeles pintados aún cubrían las paredes, y aquí y allá se veían cortinas, armarios, estanterías con algún libro solitario y otros objetos abandonados, como espejos, cuadros y fotos. En una de las paredes colgaba todavía un calendario. Era una imagen perturbadora y brutal, no exento/a denicht ohneno exenta de poesía. Poesía desgarrado/azerrissendesgarrada y desgarradorherzzerreißenddesgarradora. Los mirones acudían sin cesar para contemplar una estampa que no dudo en calificar de maravillosamente horrible. Y ellos no tenían la la coartadaAlibi; (hier) Ausredecoartada de que su padre hiciera derribos.

    En momentos así, la naturaleza humana queda tan al descubierto como el interior de esas casas: somos animales morbosos. La tragedia (y una casa que está siendo derribada es sin duda una pequeña tragedia) nos atrae como la mierda a las moscas. Leemos ficción por un impulso parecido: la literatura nos permite vivir los dramas de otros, sentir sus turbio/a(hier) verworren; trübeturbias emociones y atravesar mil y un peligros desde el salón de nuestra casa, sentados y calentitos mientras los personajes de nuestro libro cometen terribles errores que nosotros no tendremos que pagar. Pero ya tengo que dejarles, que me voy a mirar derribos.

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    Dieser Beitrag stammt aus der Zeitschrift Ecos 4/2018. Die gesamte Ausgabe können Sie in unserem Shop kaufen. Natürlich gibt es die Zeitschrift auch bequem und günstig im Abo.

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