¿Por qué no tengo Kindle?

    Ein Kompass auf einer Karte
    Von Ivonne Guzmán

    Quizá todo comenzó en la Navidad del 2013, cuando mi novio de esa época me regaló un Kindle. O tal vez eso no tenga nada que ver. Lo cierto es que un mes después de haber recibido el regalo, nos separamos y decidí devolverle el aparato. Desde entonces, nunca más me ha llamado la atención tener un el lector electrónico de librosE-Book-Lesegerätlector electrónico de libros.

    Esta decisión, en realidad, no tiene nada de especial, porque la mayoría de la gente aún prefiere leer en libros de papel en lugar de en el dispositivo digitalDigitalgerätdispositivos digitales. Eso dice un estudio de la revista Scientific American. Es decir, que no tener vocación de anticuarianicht zur Antiquarin berufen seinno tengo vocación de anticuaria.

    Mi el apegoAnhänglichkeit; Verbundenheitapego por el papel y la tinta tampoco está relacionado con que supuestamente se olvida más rápido aquello que se ha leído en una pantalla. De hecho, yo recuerdo con nitidezsehr deutlichcon nitidez algunos artículos que he leído en mi teléfono, y, en cambio, he olvidado la mayoría de libros físicos que he leído. O sea que tampoco va por ahí. Hay cosas que no tienen explicación, aunque bien vale ensayar(hier) auf die Probe stellenensayar algunas. Es probable que yo sea una esteta de la lectura. Porque es placer estético lo que siento cuando tengo un libro entre mis manos y conecto con sus letras, sus páginas, los colores y el diseño de su portada.

    De la brevísima convivencia que tuve con un Kindle, me quedó la certeza de que me aburriría pronto de él. Aunque sus diseñadores hayan intentado imprimirle variedad con distintos trucos, para generar la ilusión de que se acceder agelangen zuaccede a libros distintos, mi cerebro sabe que está todo en un mismo aparato. Además, me daría angustia no saber por dónde ando; nada se compara con palparabtasten, befühlenpalpar el grosor, gozoso o doloroso, de decenas de hojas que anuncian el inicio o el final de una lectura.

    También es posible que sea por la la lujuriaBegierde, Lustlujuria que siento de poseerlos, de ver cómo se acumulan en distintos lugares de mi casa. Eso es: lujuria. Comprar libros para poseerlos. Y a veces no necesito comprarlos o tocarlos, solo verlos. Lo primero que hago al ir a una casa ajena es fijarme en la biblioteca. Y con los ojos acaricio cada el lomo(hier) Buchrückenlomo, deletreando las palabras escritas sobre él.

    Pero casi nada se parece a los libros de una librería de viejo y lo que se puede encontrar en ellos: una tarjeta de presentación o un recibo que hablan de una vida; o los libros subrayados por otros... Es un vicio.

    Aunque luego de esta larga argumentación, aún es probable que mi indiferencia hacia el Kindle sí tenga que ver con el recuerdo de un mal de amores. ¿Quién sabe?

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