Sor Juana Inés de la Cruz. Letras de mujer

    AVANZADO
    Sor Juana Inés de la Cruz
    Von Martín Caparrós

    Cuando nació, en un pueblo de México y en 1651, la registraron como Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, pero el nombre que le quedó para la vida fue Juana Inés de la Cruz; para la historia fue sor Juana. Su madre era una señora que tuvo hijos con dos hombres sin casarse, y administraba una finca trabajada por indios. A ella, para asombro de todos, nada le importaba más que las letras: a sus ocho años decía que su cabeza no debía ser bella por fuera si no lo era por dentro, y se cortaba el mechón de pelosBüschel Haare, Strähneun mechón de pelos por cada lección que no sabía.

    A sus diez años, su madre la mandó a la capital con una tía; allí siguió tratando de estudiar. En la corte del el virreyVizekönigvirrey, las damas la acogieron: era una especie de fenómeno de la erudiciónGelehrsamkeiterudición y gracia adolescentes. Más tarde quiso entrar en la universidad disfrazada de hombre –no se admitían mujeres–, pero la descubrieron. Para solucionar sus las ansias de saberWissensdurstansias de saber, su el confesorBeichtvaterconfesor le propuso que se metiera en un convento. Era, también, un sacrificio, pero los hombres le interesaban mucho menos que las letras.

    Sor significa “hermana“, procede del latín “soror”, y entró en la lengua española a través del catalán. Es otra palabra para decir “monja“, y también es el tratamiento que reciben las monjas: Sor María, Sor Juana, etc.

    Unos años después ya era la poeta mayor del virreinato de Nueva España. Le encargaban las la elegíaElegie, Klageliedelegías oficiales, los villancicos sacros, las odas conmemorativas. Sor Juana los escribía –con los modos barrocos de la época–, y también sus letras personales. Como aquella, tan famosa, que empieza diciendo que “Hombres necio/atörichtnecios que acusáis / a la mujer sin razón…”.

    A principios de 1695 se desató en la ciudad una epidemia de tifus tremebundo/aschrecklichtremebunda. En su convento de San Jerónimo, sor Juana cuidaba a sus hermanas enfermas y se contagió; murió el 17 de abril, a sus 43. Era, ya, la mayor poeta que habían dado esas tierras, y era una la suerte(hier) Art, Weisesuerte de justicia poética: en un continente que suena tanto a macho, el primer gran escritor fue una escritora inolvidable.

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