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Transcripción
Los domingos, el barrio de La Latina, en el corazón de Madrid, se transforma: muchas calles se cierran al tráfico para dejar lugar al bullicio de la gente y a un colorido laberinto de puestos de venta ambulante. Es el Rastro, el emblemático mercadillo madrileño al aire libre que cuenta ya con muchos años de historia.
Para explicar su curioso nombre, hay que retroceder hasta 1497, año en que se estableció en esta zona el primer matadero municipal de la ciudad. Esto motivó el desarrollo del comercio relacionado con productos derivados de animales, principalmente el de el curtidorGerbercurtidores, que trabajaban las pieles. Por lo que parece, al transportar los animales sacrificados o sus restos del matadero a los talleres, se dejaba un “rastro” de sangre por la calle, de ahí la denominación popular de Rastro. Más tarde otros gremios, como zapateros o sastres, se instalaron aquí y en el siglo XVII se crearon la Real Fábrica de el salitreSalpeterSalitre y la de Tabacos, esta última sigue existiendo hoy en día como centro de creación artística con exposiciones y otros eventos. Esta aglomeración de personas atrajo a gran número de comerciantes de todo tipo y poco a poco se iría dando forma al mercadillo, que ya se documenta alrededor de 1740.
Pero es durante el siglo XIX cuando se expande por las calles cercanas con comercios de anticuarios, compra y venta de muebles, joyas, libros, monedas u otros objetos de valor y se afianzó como un lugar de intercambio y de venta de objetos de segunda mano, especialmente ropa y muebles. Y si bien, con el paso del tiempo, el matadero pasó a otro lugar, el nombre “Rastro”, en cambio, se mantuvo.
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